CADENAS
Datil, una semilla, una fruta.
Un linaje de secrecía, un ataúd sin tumba.
El sepulcro de mi abuela por ese grupo.
Soy un Alma vacía buscando lucro.
Un perro más encadenado por la tierra del libre,
que sigue comprando mis escuelas
para llenarlas de su codicia
y jaltarme de impuestos.
Lo que me queda son mis costas.
A leguas abrazo la espuma de su sangre.
Arrinconados por casas de brocha.
Que sea la mar de mi lucero que me bañe.
El coquí comienza a perder su canto.
Su voz verde ahora es gris.
Sus cuerdas congeladas, su piel brotada rubí de guerra.
Y según pasan los años, este coquí va vistiéndose
de paz, a miseria.
Yo no soy Rivera,
el río que gatea por la vereda.
Yo soy Datil
Moribunda con lupa de marfil.
No soy Rodríguez,
solo una pizca de tierra con crestas vacías,
bendecida por el Bohíque.
Una raza por enraizarse a su lugar,
mientras mi tierra sigue siendo vendida
al viejo Colón para gastar su oro.
La raíz raizada de la raza
El Alma armada del alma
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Sagitario
La dictadura de mis veintisiete
desciende en la azotea de mi diciembre.
Se vuelve tarde,
corro con el aire.
Los treinta me esperan
con la emboscada en la esquina.
El mundo aumentó la velocidad,
y los años pasan como ríos
en días de aguaceros.
Y el diciembre llega de nuevo.
Corro más de prisa
y siguen pasando los años.
Y con él va llegando ese número,
y con él llega el indagado familiar.
Cuestionan por el marido,
por los niños,
la profesión,
cuando ni sé si sobreviva
en esta penumbrosa vida que camino.
Se hace tarde,
tengo que seguir corriendo.
Porque, aunque se dice
que el futuro viene a leguas,
el mío llega en una hora.